"Yo soy el que vive"Ap.1,18: febrero 2012

ADORACION

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miércoles, 29 de febrero de 2012

                                CUARESMA
La Cruz que abrazamos, también rechazamos

"Jamás, si quieres llegar a poseer a Cristo, lo busques sin Cruz"                                                                                 S. J. de la Cruz



La humanidad vive la paradoja de las contradicciones que se manifiestan en hechos heroicos de las personas que, al encontrar un sentido al propio sufrimiento, las enaltecen.
Hay también aquellas que buscan por todos los medios posibles evitar el dolor, renegando, enojándose, dando vueltas sobre la misma pregunta ¿Por qué a mí?
El cristiano tiene la certeza que sin Cruz, no hay salvación ni redención posibles. Esto es una utopía.
Pero aún así, experimentamos los mismos sentimientos y motivaciones cuando llega la Cruz.
¿Abrazamos la Cruz o nos empecinamos en rechazarla?
“Si alguno quiere venir detrás de Mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y Me siga” dice el Señor -Lc. 9, 23-.
En este tiempo fuerte de Cuaresma -camino de conversión y penitencia- preparando la Pascua, el Señor nos invita a -volver a El de todo corazón-.
La verdadera conversión se manifiesta en las propias actitudes de cada día que requieren de la oración permanente, iluminada por la Palabra de Dios, los Sacramentos del Perdón frecuente y la Eucaristía.
Es un ejercicio de humildad y docilidad apoyado en la gracia, para penetrar en un nuevo tiempo de nuestra vida.
Viviendo con esperanza y alegría, bebiendo de la Fuente Misma de la Vida que es Cristo Vivo, Presente y Real  en la Eucaristía al que adoramos, alabamos, glorificamos, damos gracias y reparamos.
Si nos proponemos vivir verdaderamente la Cuaresma, será necesario trabajar perseverante y tenazmente echando abajo el ego que nos ata y esclaviza a nuestros caprichos, nos condiciona a los deseos desordenados y nos hace vulnerables a las tentaciones -dejando la puerta abierta al león rugiente, al demonio- apartándonos de la Voluntad de Dios.
“El Señor es mi Luz y mi Salvación, a quién temeré” -Sal. 26-.
Es también una invitación a ver con los ojos de Cristo, a sentir con el Corazón de Cristo, a obrar con el Amor y Misericordia de Cristo.
Aprendiendo cotidianamente a observarnos con sinceridad, humildad, paciencia y amor -si decidimos cambiar nuestra manera de pensar, sentir y actuar- reconociéndonos pecadores.
Necesitamos purificar las actitudes para renovar y recomenzar la vida sin el engaño de las propias contradicciones que arrastramos a lo largo de la vida.
Ello se manifiesta en intolerancia, climas de agresividad y violencia, falta de diálogo, indiferencia, difamación, soberbia, etc., en primer lugar con los más próximos.
Son las cruces de cada día que el Señor nos invita a cargar, abrazar y no rechazar, ofreciendo las enfermedades, pérdidas, soledad, angustia, asociándolas a Su  Pasión Salvadora y Redentora.
Sirven a la propia purificación y santificación, como también  para Su Iglesia y el mundo entero, como fieles testigos-servidores de Su Viña.
Es el ayuno y la mortificación que se consuman en las obras de misericordia.

                                           Este es el ayuno que Yo Amo
                                                 -oráculo del Señor-
                                      …Si eliminas de ti todos los yugos,
                                   el gesto amenazador y la palabra maligna,
                                         si ofreces tu pan al hambriento
                                       y sacias al que vive en la penuria,
                                          tu luz se alzará en las tinieblas,
                              y tu oscuridad será como el mediodía…-Is. 58, 1-12-




Supliquemos a María Santísima la Madre Dolorosa, que nuestra misión de adoradores sirva siempre a la Voluntad de Dios, para la unidad y santidad de Su Iglesia, la conversión de los corazones y la salvación del mundo entero.

                                                       ORACIÓN
                                                 Padre Misericordioso
                                      Que entregaste al martirio a Tu Hijo
                                           como Víctima propiciatoria
                                          para la salvación de las almas.
                        Atiende nuestras súplicas, en este tiempo de oscuridad
                                               dentro de Tu Iglesia.
                 Transforma y Sana los corazones en este tiempo de Cuaresma,
                                               para que volvamos a Ti
                               en el Amor del Corazón de Jesús, de Sus llagas
                                                     y el costado abierto,
                       renuévanos y santifícanos en la unidad y el amor. Amen


                                               ¡Alabado sea Jesucristo!

Eduardo                                                                                    

E.M.M.