"Yo soy el que vive"Ap.1,18: mayo 2012

ADORACION

MOVIMIENTO DIOCESANO DE ADORACION EUCARÍSTICA PERPETUA - SAENZ 572 - LOMAS DE ZAMORA - Tel. 4294-7127


¡JESÚS TE ESPERA SIEMPRE!

¡DECÍDETE A VISITARLO!

TE INVITAMOS A LA COMUNIDAD DE ADORADORES

Capilla "María Reina de los Apóstoles"

Capilla "María Reina de los Apóstoles"
Capilla "María Reina de los Apóstoles"

sábado, 26 de mayo de 2012

En el silencio de la Brisa Suave se nos revela y confirma el misterio del Amor

“El Espíritu lo penetra todo, hasta lo más íntimo de Dios”  -1Cor. 2, 10-


En este nuevo Pentecostés -renacer de la Iglesia- Pueblo de Dios, El Espíritu Santo, en lo profundo del corazón y en el seno de Su Iglesia con Sus dones, nos anima, fortalece y da confianza, para que en comunión, nos unamos -en un solo cuerpo y un solo espíritu- recordando lo que Jesús nos enseñó.
Vivimos el Amor de Dios por la guía y la súplica -de los gemidos inefables- del Espíritu. Nos ayuda a despertar del sueño y la pereza, angustiada por los sucesos cotidianos. Nos prepara y abona, por la gracia a través de la oración continua, el terreno del corazón, para qué el Señor se haga Presencia Viva en nuestra vida.
San Pablo nos confirma: “El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” –Rom. 5, 5-.
El Espíritu del Señor es la Luz de los corazones que disipa las tinieblas -acoso del enemigo, prejuicios, confusiones, pruebas, desencanto de la vida, etc-. Iluminándonos para dar claridad a los pensamientos, palabras y obras.
El Espíritu Santo derrite y sana con el fuego de Su Amor, el frio de la propia indiferencia, el individualismo y la violencia -llamadas nuevas pobrezas de estos tiempos-. El mismo Espíritu nos infunde un espíritu firme y nuevo para liberarnos y renovarnos en lo más profundo de nuestro ser. “Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” –dice San Pablo; 2Cor. 3, 17-
Con los dones de sabiduría y ciencia –El Dulce Huésped del Alma- nos enciende el conocimiento y la inteligencia, para reconocer los signos de los tiempos. Nos reaviva el vigor para convertir la tibieza en ardor apostólico a través del llamado en la misión de intercesores-adoradores.
Es en la Humildad y docilidad de nuestro corazón, fruto de la paz, la paciencia y la piedad donde –El Consolador lleno de Bondad- nos infunde el consejo en el temor de Dios, para hacer siempre Su Voluntad por el camino del amor.
San Pablo nos exhorta: “Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia…Sobre todo, revístanse del Amor, que es el vínculo de la perfección”. -Col. 3, 12.14-
La humanidad se jacta de su propia vanidad apoyada en una insaciable búsqueda de lo efímero, de la satisfacción rápida. Ignora a Dios, trastocando la creación, transgrediendo la ley natural, apostando a la cultura de la muerte. Nosotros como Iglesia -Pueblo de Dios- dejándonos conducir por -El Maestro del Alma- en preparación a la Nueva evangelización y a la luz del Año de la Fe, se nos presenta el gran desafío y oportunidad como nos señala el Papa Benedicto XVI en Porta Fidei -La puerta de la fe- de “Redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo”.
Vamos a acompañar y contagiar a nuestros hermanos, no solo con el testimonio de la propia vida, sino con la asistencia del Espíritu a través de la oración, la Palabra de Dios y en el fundamento de la Adoración Eucarística.
El Beato Juan Pablo II nos decía en -Fidei depositum- depósito de la fe-: “Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin”.
Que María Santísima esposa del Espíritu Santo, Madre de la Iglesia, en este siempre nuevo Pentecostés, nos enseñe amar como Su Hijo Amó, para que el mismo Espíritu purifique, sane y renueve la faz de la tierra. Amén




¡Alabado sea Jesucristo!

Eduardo

E. M. M.

martes, 8 de mayo de 2012

El adorador bebe del manantial de las bienaventuranzas trabajando por la paz




En estos tiempos con demasiadas contrariedades e incomprensiones, la violencia aparece disfrazada, casi siempre agazapada, detrás de un razonamiento mezquino, egoísta e individualista.
Ignoramos la realidad del otro, sus vivencias, sentimientos profundos, proyectos, anhelos.
No respetamos la vida y dignidad.
Nos hemos acostumbrado a no dialogar, adquiriendo una insana destreza en el ejercicio cotidiano de un juego avasallador, diabólico, por el que imponemos, sin consensuar y mucho menos compartir.
Pronto perdemos la capacidad de saber escuchar, obstruyeno toda comunicación para comprender al hermano desde su libertad, en la dimensión divina de su ser.
Nos convertimos en franco tiradores de la insensatez, comenzando con los más próximos: la familia, amigos, vecinos, ámbito laboral, estudio, comunidad, parroquia.
Somos proclives a encender la mecha de la discordia, sin reparar el daño que ocasionamos, la caridad que traicionamos, es la apariencia de una fe que solo teorizamos, atreviéndonos a proclamar también, una esperanza que desconfiamos.
Muchas veces nuestras vidas se asemejan a la de los fariseos -Así también son ustedes dice el Señor “Por fuera parecen justos delante de los hombres, por dentro están llenos de hipocresía y de iniquidad” Mt. 23,28
Nuestro corazón se encuentra enfermo de orgullo, celos, envidia, lujuria, ira, pecado.
Nuestro corazón no palpita con y en el Corazón de Jesús, porque sigue los caprichos de la propia vanidad -no es un corazón manso y humilde-.
-Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los albañiles- dice el salmista -Sal. 126-
Son las Bienaventuranzas que nos confrontan con las enseñanzas de Jesús.
Es el Sermón de la Montaña que penetra con el verdadero sentido de las exigencias radicales en la vida del cristiano, sin acomodamientos espurios y connivencias a nuestras complicidades.
Es el llamado del Señor que nos invita a deshacer el entramado del egoísmo, tejido a lo largo de la vida.
El dispone siempre los medios sensibles y eficaces de la gracia -los Sacramentos- para renacer a una vida nueva.
Es el Señor de la Historia, el Cristo Vivo, el Dios hecho Hombre, el Cristo Eucaristía que se quedó con nosotros. El que nos compromete en esta misión como testigos de su Amor, para servir a la Iglesia en comunión con nuestro obispo y el Papa.
La voluntad de Dios se va concretando en la vida del cristiano a través del seguimiento de Jesús -Sean perfectos como es perfecto mi Padre que está en el cielo- Mt. 5, 48.
No hay otro camino que conduzca al Corazón de Jesús sin haber atravesado y purificado el propio corazón.
Lo que nos impide llegar a El es la terquedad, ceguera, engaño, las guerras que comienzan en el corazón y libramos: orgullo, intolerancia, violencia, difamación, etc.
La purificación acontece luego de una disponibilidad y entrega, para que el Espíritu del Señor obre, sanando las heridas abiertas por el pecado, a través de la gracia.
El perdón, la reconciliación, la humildad y el amor son virtudes fruto de la conversión permanente.
El ejercicio de la observancia diaria del corazón nos anima a revisar, la conducta, sentimientos, motivaciones que provienen de la profundidad sagrada del ser, participando de la Cruz de Cristo como constructores de la paz.
-Felices los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios-
El verdadero desafío para los que beben del Manantial del Amor y la Paz será mantener las lámparas encendidas del corazón, con la luz de Cristo, como las vírgenes prudentes -velando y orando- sirviendo a los hermanos, dando razón de nuestra esperanza para un mundo desesperanzado y violento.
Que María Santísima reina de la Paz nos acompañe en esta misión insoslayable, como instrumentos de Su Hijo, para tender puentes de reconciliación y paz a nuestros hermanos, sedientos de justicia, llenos de angustia y soledad.





ORACIÓN

Señor Jesucristo, luz verdadera que alumbras a todo hombre
y le muestras el camino de la Salvación.
Concédenos la abundancia de Tu gracia,
para que convertido el corazón nos atrevamos
gozosamente preparar delante de Ti
sendas de justicia y paz.
Tú que vives y reinas. Amén


¡Alabado sea Jesucristo!

Eduardo

E.M.M.